Nocturno de silencios

ES una mañana soleada y sin embargo fría, dentro de lo que aquí se puede entender por frío; una mañana de ésas que se viven con especial regusto en Málaga, en las que el otoño impone su ley sombría y a la vez limpia, más pura, inclinada a la medida justa entre la celebración y y el recogimiento. Llego a uno de los bares del centro que prefiero para desayunar. Ahora, sin turistas, es mucho más fácil encontrar una mesa libre en la terraza. Mientras espero mi café y mi pitufo el propietario conversa con otro cliente a mi espalda: “A partir de noviembre cerraremos por las tardes y sólo ofreceremos desayunos. Eso, de lunes a viernes. Ya veremos lo que hacemos los fines de semana, habrá que ir viendo. Pero vaya, tengo claro que habrá que echar el cierre tarde o temprano. No podemos seguir así. Ya sólo con los gastos que genera mantener el local no salen las cuentas. Si no viene nadie, no tiene sentido mantener esto abierto. Yo, desde luego, prefiero quedarme en mi casa o hacer otra cosa”. La melancolía del octubre tardío se acentúa así como en una armonía atonal, un desajuste del ánimo. Si en alguna ocasión nos habíamos preguntado cómo se hace para vivir en una ciudad triste, ahora nos corresponde el papel de aprendices. Es curioso, pero en otros bares, comercios y locales del centro que siguen abiertos, en plena embestida, el tono de dependientes y usuarios es incluso más taciturno que en el confinamiento de la pasada primavera, cuando hubo que cerrarlo todo. Tal vez había entonces razones para el optimismo, una cierta superación, aplausos en los balcones, himnos a la resistencia y otras bondades del espíritu cuya eficacia, ay, ha quedado ahora en entredicho. La percepción de que la ciudad está ya abocada a aquel mismo cierre, si no por imposición legal por imposibilidad técnica, o por el motivo que cada cual considere oportuno para, en palabras de Leonard Cohen, traicionar la revolución, es abultada, incómoda, certera. Queda la noche para refrendarlo, con un toque de queda cumplido por lo general de manera estricta, arrajatabla. A partir de las once, el centro vuelve a ser el páramo que ya conocimos en este 2020. Las únicas figuras que atraviesan el paisaje, en la calle Granada, en la plaza de la Constitución, en una calle Alcazabilla en la que el Teatro Romano se alza como un muro de silencio, conmovedor en la opacidad de la piedra ofrecida como una boca que no tiene nada que decir, son las mismas: repartidores de comida a domicilio, operarios de Limasa, agentes de la Policía y apenas un par de transeúntes de identidad desconocida y, por tanto, aventurada.

El paisaje invita a reflexionar sobre el empeño en crear áreas urbanas sin vecinos

Hay así una conexión sensible entre la fatalidad pronunciada durante el día y la callada clausura de la noche. Málaga es ahora lo más parecido a un convento, con su rigurosa observación y su horario obligado. Y, como en los conventos, los gatos abundan: la noche es de nuevo suya, así que vuelven, merodeadores, a buscar refugio bajo los coches y a encaramarse en las tapias de los solares. De cualquier forma, el silencio es relativo a poco que uno afine el oído: no falta el sonido de un coche que pasa, de un televisor encendido, de alguien que conversa en el recogimiento doméstico, de los cacharros removidos en una cocina, de las puertas que se cierran y se abren. Pero este remedio es mucho más notorio, claro, en los barrios que en el centro, donde los vecinos, ya se sabe, son menos. Este nocturno de silencios invita por tanto a reflexionar sobre el empeño de nuestro Ayuntamiento en desarrollar grandes áreas de oficinas con una gran oferta de restauración pero sin viviendas, en el mismo centro (donde el empeño dejó de ser un proyecto hace tiempo) o en el Muelle Heredia, por ejemplo. Cuando la ciudad se convierte en un pozo ciego, es la proximidad de los vecinos la que sigue haciendo ciudad de puertas adentro. Salvo que prefiramos los gatos, claro está. Que no está mal.



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