Antonio Elverfeldt, el cura de Palma Palmilla que ayuda a los presos en Málaga

Muchos son los vecinos del barrio Palma-Palmilla que encuentran en el párroco de Jesús Obrero, Antonio Elverfeldt, esa mirada tranquilizadora y llena de esperanza que necesitan en estos meses de angustia. Innumerables presos del centro penitenciario desean reencontrarse con el delegado de la Pastoral Penitenciaria para poder desahogarse y ser escuchados.

“Durante el confinamiento tuvimos dos sensaciones encontradas. Por un lado, los presos estaban muy afectados porque no podían recibir visitas y se cortó de raíz toda su actividad en la prisión, y por otro lado se creó un vínculo de unión muy fuerte. Todos estábamos en el mismo barco”, comenta el padre Elverfeldt. Los internos llegaron a sentirse afortunados por pasar aquellos duros meses entre rejas, eso suponía que no les iba a faltar techo y comida, algo que para algunas de sus familias ha sido un auténtico calvario.



“Se han comprometido mucho con lo que estaba pasando en la calle, me preguntaban por la situación actual cada día. Había una confraternización muy bonita a pesar de la situación”, afirma el sacerdote trinitario. Las cartas, los mensajes por el móvil y las videollamadas tuvieron que sustituir a las visitas presenciales en el centro penitenciario. “Nosotros contamos con cerca de 50 voluntarios que cada 15 días nos reunimos con ellos, ahora a través de videoconferencias, para actualizar los datos de la prisión. Durante el confinamiento ellos se encargaban de grabar un pequeño vídeo con mensajes de apoyo y ánimo para los presos, que emitían en la cárcel por una señal común que tienen sus televisores”, explica el cura.

Algo que Antonio Elverfeldt destaca de la actitud de los internos fue el sacrificio al que ellos mismos se sometieron para hacer el confinamiento más llevadero a sus familias, con las que no podían tener contacto directo. “Hay muchos casos de drogadictos en la cárcel, cuando les entra el llamado ‘mono’ pueden volverse locos en el patio común de la prisión, y la desesperación se manifiesta en gritos o golpes. Sin embargo, hicieron un ejercicio de contención de sus propias actitudes, se sintieron muy fuertes en ese momento”, comenta Elverfeldt.

Llevo 22 años trabajando en prisión y es la primera vez que un preso me comenta que se siente a salvo y seguro, porque estaba convencido que él no iba a ser contagiado del coronavirus”, confiesa Elverfeldt. Y es que ellos eran conscientes de la situación que se vivía en la calle y sabían que eran unos privilegiados. “Ellos mismos me pedían rezar por sus familias porque lo estaban pasando mucho peor que los mismos internos”, declara Antonio Elverfeldt.

Algunos hasta bromeaban con el padre cuando mantenían alguna conversación y se ofrecían a darle clases de cómo pasar un confinamiento, que ellos en esa materia eran unos auténticos expertos. “Sin embargo, las mujeres lo han pasado mucho peor, ellas se encuentran todas en un único módulo y sufrían por no poder ver a sus hijos o no comer con la familia. En sus caras se veía la auténtica tristeza y desesperanza”, matiza el sacerdote.

Un fiel comprometido con Palma-Palmilla

Otra función que desempeña Antonio Elverfeldt es la de párroco de Jesús Obrero, iglesia de Palma-Palmilla, junto a otros dos compañeros. “Nosotros en la parroquia nos encargamos de acompañar a las personas que vienen a rezar y a encontrar un momento de paz y tranquilidad. Pero ahora Cáritas se ha convertido en nuestra principal actividad. Hay tantas familias que acuden a nosotros que todo lo demás ha pasado a un segundo plano. De hecho, mi compañero Antonio se ha liberado de otras funciones para poder centrarse solamente en el tema social y caritativo, porque es brutal lo que estamos viviendo en el barrio, una situación realmente delicada y crítica”, asegura Elverfeldt.

En el barrio tienen la suerte de contar con una iglesia de amplias dimensiones para poder seguir realizando las actividades parroquiales, catequesis o grupos de jóvenes. “Nuestra actividad sigue, con las restricciones que nos marcan las autoridades. Pero la capilla, que es el espacio más pequeño que tenemos, sí que está cerrada”, comenta el sacerdote. La realidad de Palma-Palmilla es muy compleja y su situación se ha agravado durante este año de forma exponencial.

La gente aquí vive de los trabajos de la calle, de los mercadillos, de venta de chatarra o de aparcacoches. Ahora estas tareas no se pueden realizar. Hay mucha desesperación porque la mayoría de los vecinos no cuentan con contratos de trabajo y los pocos que lo tenían al final lo perdieron”, apunta Antonio Elverfeldt.

El mayor temor de este sacerdote es que se agoten los recursos con los que cuentan para poder prestar la ayuda a las familias. “Es muy difícil todo esto, hasta ahora vamos tirando pero no sé qué pasará cuando no podamos responder a sus demandas, puede ser una auténtica bomba, porque aquí la delincuencia automáticamente sube como la espuma. Es la única manera de conseguir ingresos”, comenta preocupado el sacerdote. Y es que ahora tienen varios casos de venta de drogas por la zona, porque encuentran en esta actividad la única salida o escapatoria para dar de comer a sus hijos y mantener a la familia. “Todo esto va a aumentar y no es bueno, trabajamos para lo contrario, para que hagan cosas honradas”, reconoce el cura.

Una de las mayores complicaciones es conseguir una coordinación con servicios sociales para prestar una atención adecuada a cada familia. “A principios de mayo empezó servicios sociales a funcionar de nuevo. Pero algunas veces nos llegaban paquetes de alimentos de forma masiva y en otras ocasiones nada. Yo estoy convencido por mi fe que vamos a vencer pero tenemos que trabajar juntos porque todos somos importantes”, aclara Elverfeldt. El propio sacerdote reconoce que durante el confinamiento la policía les llamó la atención, porque atendían a las personas que se acercaban de forma desesperada a la parroquia de Jesús Obrero a pedir ayuda.

“El momento más complicado fue cuando comenzó el primer confinamiento. Nos encerramos y la gente comenzó a acudir a la iglesia y nos dimos cuenta de que nadie les estaba ayudando. Los agentes nos advirtieron que no podía ser, pero les teníamos que dar de comer porque no tenían nada que llevarse a la boca. Y juntos buscamos la manera de concertar citas a horas escalonadas para evitar las aglomeraciones. La solidaridad que recibimos de otros grupos fue brutal, tuvimos bastantes ingresos y acompañamos a unas 200 familias en esos dos meses”, comenta orgulloso el padre.

A pesar de todas las dificultades, el barrio es solidario por naturaleza y supervivencia, y en los momentos más críticos sale a relucir también lo mejor de cada persona. “Todos los vecinos se ayudan entre ellos, son una gran comunidad, como nadie entra aquí ellos mismos son sus mayores apoyos”, expresa el cura, que recuerda anécdotas que no olvidará jamás.

“Conforme atiendes a las personas que solicitan tu ayuda, te das cuenta que hay familias que llevaban meses sin nada y que estaban siendo asistidos por propios vecinos del barrio. Ellos mismos les hacían la comida y se la dejaban en la misma puerta de la casa”, relata el cura. También agradece la inmensa labor de la hermandad de la virgen de la Cabeza, muy comprometida también con la sede y el barrio, siempre a disposición de los más necesitados.

Queda muy poco para comenzar las fiestas navideñas, y el trinitario Antonio Elverfeldt está pensando en la mejor forma para dibujar muchas sonrisas entre los más pequeños de Palma-Palmilla, que al final son los que levantan el ánimo en sus familias. “Estamos esperando a las nuevas medidas y conforme a eso actuaremos. Por lo pronto el belén de la parroquia no lo hemos montado, solamente hemos puesto un misterio en el altar”, afirma el sacerdote. También asegura que encontrará la forma de vivir una Navidad igualmente especial. Ellos se lo merecen.

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